viernes, 4 de septiembre de 2015

10 visitas imprescindibles en Lituania


Diez poderosas razones para descubrir y disfrutar Lituania
Viajar a Lituania y Vilnius. Un recorrido por uno de los países más sorprendentes de la nueva Europa

Aunque es un país pequeño (apenas 65.000 kilómetros cuadrados, menos que Castilla-La Mancha), Lituania ofrece todo lo que el viajero puede desear: una naturaleza y un paisaje intacto que ocupa la mitad del país, decenas de lagos cristalinos, bosques centenarios, dunas costeras y ciudades primorosas que combinan el romanticismo de siglos pasados con la modernidad europea del siglo XXI. Este año, además, todo es aún más fácil ya que Lituania ingresó en el euro en enero, aunque mantiene los precios bajos rígidamente, y hay vuelos directos y baratos a la capital desde Barcelona y Madrid, con las compañías Wizz Air y Ryanair.

Aquí destacamos diez –podrían ser veinte o cien– razones para viajar a Lituania y descubrir sus numerosos encantos:

1.- Vilnius y su casco antiguo barroco. Lituania es un país claramente católico, y lo fue incluso durante el régimen soviético, aunque muchas iglesias se cerraron. Hoy más de cuarenta, construidas por jesuitas, dominicos y carmelitas, siguen dando testimonio de ello y los fieles lo demuestran con sus trajes de domingo, sus cánticos y sus reverencias. Además de la blanca catedral de estilo neoclásico y su Torre de la Campana, que empezó siendo circular y defensiva y terminó transformada en un campanario octogonal, destacan la iglesia de Santa Ana, que Napoleón quiso llevarse piedra a piedra a París en su “visita” a Lituania camino de Rusia, y la de Santa Teresa, en la que se accede a la diminuta capilla que se asienta sobre la famosa Puerta de la Aurora, el único vestigio que queda en pie de la antigua muralla que rodeaba la ciudad; también la Iglesia de San Casimiro, el primer edificio barroco de la ciudad, construido por los jesuitas en 1604, que terminó siendo, irónicamente, un Museo del Ateísmo durante la época soviética.
Pero hay mucho más que ver en la capital, como su Universidad, la primera del Báltico, fundada por los jesuitas en el siglo XVII, o la calle Literatu (de los Literatos) con su muro de los artistas y placas de los principales escritores del país y de otros relacionados con Lituania; el Palacio Ducal, o la muy curiosa República Independiente de Uzupis, un antiguo barrio de artesanos convertido en micro-país con himno, calendario, presidente y Constitución propios (con traducción al castellano). También tiene cuatro banderas, una por cada estación. Entre los artículos de su Constitución figuran estos: “Todo el mundo tiene derecho a morir, pero no es obligatorio” (art. 3), “Todo el mundo tiene derecho a equivocarse” (art. 4), “Todo el mundo tiene derecho a cuidar de un perro hasta que muera uno de los dos” (art. 11).
Pero, además de ver monumentos, en Vilnius hay que encontrar tiempo para perderse por las callejuelas del centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, sometido a un concienzudo proceso de reconstrucción, con sus numerosos hoteles y restaurantes, sus puestos de venta ambulante (con el ámbar como oferta omnipresente), sus casas burguesas pintadas cada una de un color, sus profundos y apacibles patios interiores, orlados a veces de barandas de madera y sus numerosas terrazas en las que disfrutar de algunas de sus más de 200 tipos de cervezas. 

2. Trakai, castillo sobre el agua. Presume de ser el lugar más visitado del país, incluso por los propios lituanos, y no es para menos. Probablemente también es el más elogiado por los poetas y, sin duda, el más fotografiado. Situada en el centro del Parque Nacional Trakai que se extiende sobre una superficie de 8.200 hectáreas, la antigua capital de Lituania, a 28 km al oeste de Vilnius, está rodeada por tres lagos: Luca, Totoriskiu y Galvé y en medio de éste se encuentra el castillo Trakai que fue construido para defenderse de los ataques de los caballeros teutones en tiempos de los grandes duques de Lituania. Aunque está muy restaurado, todavía conserva el encanto de la época al que contribuyen algunos personajes con trajes de época. Es muy recomendable dar un paseo en barco o incluso alquilar un pedalo o una piragua para dar vueltas al castillo. Las orillas están llenas de puestos de souvenirs y artesanía y varios restaurantes. Entre ellos hay uno dedicado a la cocina de los caraítas, una antigua tribu procedente de Crimea, mitad judía, mitad musulmana, que se instaló aquí en el siglo XIV y cuyos miembros fueron fieles guardines del casillo y del gran duque Vytautas Didysis. Aunque solo quedan unas decenas de ellos, mantienen vivas varias de sus tradiciones, entre ellas la elaboración de kibinai, una rica empanada rellena de distintas cosas y que el cliente puede elaborar por sí mismo.
Otras ciudades que también tienen el agua como protagonista, son Zarasai, descrita en leyendas y fundada entre siete lagos con innegable ambiente romántico. Para quien busque tranquilidad, el pueblo de Mingé es tan pintoresco como bucólico; su única calle es el río Minija y se localiza en el parque regional del Delta del río Nemunas.

3. La colina de las cruces. Este insólito lugar se encuentra a las afueras de Siauliai, una de las ciudades más antiguas de Lituania (siglo XIII) y la cuarta mayor del país. Aunque es imposible contarlas, se dice que hay unas 200.000 cruces de todos los estilos y tamaños, no en vano la elaboración de cruces es una de las artesanías más conocidas del país y, de hecho, está inscrita en la lista de Patrimonio Material de la Unesco. Comenzaron a ponerse en el siglo XIX, cuando en sendas rebeliones contra los rusos pereció un gran número de jóvenes lituanos. Sus cuerpos nunca fueron encontrados y como homenaje se levantaron varias cruces en esta colina. Un siglo después los soviéticos hicieron desaparecer todas en repetidas ocasiones, pero los lituanos se mantuvieron impasibles y volvieron a colocar nuevas cruces, que fueron santificadas en 1993 por Juan Pablo II. En la misa que el Papa celebró allí dijo: «la Colina de las Cruces es uno de los lugares más especiales del mundo, un resumen de todas las miserias y dolor del siglo XX, en el que brilla la esperanza de la resurrección». Hoy, en este país que fue el último en abandonar el paganismo pero es el más católico de la Europa del Este, es un símbolo nacional que entrelaza profundos sentimientos populares y religiosos.

4. El istmo de Curlandia. Declarado por la Unesco uno de los parajes más bellos y únicos de Europa y Patrimonio Natural de la Humanidad, este fenómeno natural de paisajes desérticos, una franja de arena que separa al mar Báltico de la laguna de Curlandia, está salpicado de acogedores y pintorescos pueblos de pescadores: Juodkranté, con su hermoso muelle en la laguna y su peculiar Colina de las Brujas, Nida, el lugar más soleado del país, donde se celebran destacados festivales en la antigua casa de vacaciones de Thomas Mann, Pervalka, Preila... Además de contar con la Reserva Natural de Nagliai –un oasis de dunas móviles–, varios miradores y senderos. Las dunas de arena con su vegetación esporádica y su insólita fauna, su bosque costero con árboles centenarios, sus playas naturales de arena blanca, el olor a pescado ahumado, infraestructuras urbanas renovadas respetando la arquitectura original que se expresa en grandes casas de colores ricamente decoradas, muchas de ellas residencias de vacaciones, veletas talladas en madera coronadas con imágenes de caballos, torres y símbolos llamados “lekis”, antiguamente se creía que protegían contra el demonio y las espectaculares puestas de sol sobre el mar, convierten el lugar en un auténtico paraíso. El Parque Nacional ocupa una estrecha franja de tierra de 52 kms de largo a orillas del Mar Báltico al oeste de Lituania, donde hace frontera con Rusia. El 75% de su territorio es bosque y el 25% restante son dunas de arena, precisamente una de ellas tiene su propio nombre debido a que alcanza los 52 metros de altura, la duna de Parnidis. Desde su cúspide se puede ver la ciudad rusa de Kaliningrado aunque en los últimos 30 años ha perdido 10 metros de altura. No es la más alta, ya que la de Vecekrugas (taberna antigua en lituano) tiene 67 metros. En 1855 se encontró, al profundizar en el canal del istmo, una cantidad inmensa de ámbar, el lugar se denominó Bahía del Ámbar, y de allí se llegaron a extraer unas 75 toneladas anuales, entre 1860 y 1890. 

5. Kaunas, universitaria, deportista y animada. Es la segunda ciudad de Lituania y durante el periodo entre guerras mundiales fue la capital. Hoy se “conforma” con ser la más animada, la de la población más joven y universitaria y la de presumir del mejor equipo de baloncesto del país. Mucho de ello (incluso lo del baloncesto) se descubre paseando por su calle principal Vilniaus, peatonal, llena de terrazas y tiendas agradables, con casas de los siglos XVI a XIX, a destacar la casa de ladrillo del n° 7 cuyo tejado de tejas ondula para crear ventanas que parecen mirarnos, y transitada por espectaculares jóvenes de ambos sexos que por su cuerpo y altura bien podrían formar parte del equipo del mítico Arvydas Sabonis. Pero, además, la ciudad tiene un casco antiguo plagado de atractivos. El edificio del ayuntamiento, del siglo XVI, es un excelente ejemplo del barroco en el norte de Europa, en la plaza Rotuses que concentra hoy como ayer –aquí se celebró durante cientos de años el mercado– la animación de Kaunas y sus más bellos edificios. La cercana iglesia de Vytautas, las torres que quedan en pie de la antigua fortaleza. La Catedral de San Pedro y San Pablo es la mayor de estilo gótico en Lituania. El Callejón de la Libertad se asegura que fue la primera vía peatonal que se abrió en los países del ámbito de la extinta URSS. Una visita que merece una mención aparte es el Velni Muziejus o Museo del Diablo. 3.000 cuernos de todo el mundo, recogidos por el artista Antanas Zmuidzinavicius, en una muestra que representa la interpretación artística que se ha hecho del maligno a lo largo de la historia. Aterrador pero muy interesante, incluso para niños.

6. Druskininkai, aguas termales y nieves perpetuas. No es tan popular como otras ciudades lituanas, al menos para los extranjeros, pero es muy visitada por dos de sus atractivos casi contrapuestos: el poder de sus aguas termales y la posibilidad de esquiar durante todo el año. Druskininkai, que concentra la actividad turística de la Dzukija, tiene todo el encanto de un hermoso balneario: edificios refinados, bonitas casas tradicionales, y también algunos edificios de hormigón recuerdan la época soviética y verdes parques, todo bañado en una apacible atmósfera que, además de a los amantes de los balnearios, atrae a los aficionados a las actividades al aire libre. Sus aguas termales y sus barros son sin duda uno de sus grandes atractivos. Pero lo que más llama la atención en la ciudad es el “Snow Arena”, único complejo de deportes de invierno en los países bálticos que dedica 8 hectáreas a estos deportes y está abierto durante todo el año, con una temperatura constante en las pistas de dos grados bajo cero. Para un país con inviernos que duran desde noviembre a marzo se podría pensar que habrían tenido suficiente de nieve llegado abril, pero para los amantes del esquí y el snowboard no hay límite de fechas y, además, Lituania es una país muy llano sin cumbres donde practicar el esquí alpino, aunque abunda el de fondo. 

7. Regreso al pasado. En la turbulenta historia de este país, hay un pasado que los lituanos no quieren recordar y otro del que están orgullosos. El primero, sin embargo, tiene su hueco cerca de Druskininkai, se trata de Gruto Parkas, que aquí algunos llaman con humor negro “El mundo de Stalin”, creado en plena naturaleza en 2001, más de una década después de que Lituania abandonara el comunismo y en el que se recogen las estatuas de las personalidades que marcaron la historia del país y del bloque soviético todo entre bonitas alamedas forestales y un curioso e insólito parque zoológico, acompañadas de objetos y documentos sonoros que hacen revivir esa era. Está reconocido como uno de los museos más raros del mundo, con trincheras, recreaciones de gulags (verjas electrificadas y torres de vigilancia de madera incluidas), más de 50 estatuas de líderes políticos soviéticos y hasta un menú degustación de la época. Cuando se creó estaba previsto transportar a los visitantes en un vagón de ganado, pero se desechó la idea por la oposición pública. Otra experiencia es la que ofrece el búnker de los bosques de Nemencine, donde se puede participar activamente en el Drama de Supervivencia del año 1984 y convertirse por unas horas en un ciudadano soviético sin derechos y obediencia ciega a los soldados. Para culminar con este legado, la base secreta de Plokstine permite adentrarse en su red de túneles y silos para cohetes, todo un arsenal durante la Guerra Fría que no fue descubierto por los americanos hasta 1978. La visita se puede complementar con el Museo de la Guerra Fría.

8. Ámbar y mucho más. El ámbar encontrado en el Mar Báltico ha sido desde siempre muy apreciado y deseado. Mercantes marinos recogían este material, también conocido como “el oro de Lituania”, a lo largo de la Ruta del Ámbar hasta los países más lejanos de Europa y Asia, incluso llegando a Egipto. Los antepasados lituanos utilizaban ámbar en amuletos para protegerse contra los poderes del mal, a los niños se les daban piezas de ámbar para que las masticasen que así, sus diente creciesen más rápido y más fuertes. Hoy, sin duda, el rey de las compras en Lituania es «el oro del Báltico», el ámbar. En todas las tiendas de regalos y souvenirs pueden encontrarse objetos de todo tipo fabricados con ámbar. Son especialmente atractivas las joyas y los pequeños objetos decorativos. Galerías, museos, talleres e incluso centros de belleza muestran las bondades de esta resina escupida por el mar a las playas cada día. En Lituania se puede probar infusión de ámbar, comprar jabón o incienso y, por supuesto, adquirir piezas de joyería y bisutería. Pero se sabe también que el ámbar sirve para estimular y contiene ciertas propiedades para la salud. Así, el ámbar ha sido utilizado no sólo como adorno, sino también para el tratamiento de enfermedades o dolores. Recientemente, la terapia de ámbar se ha reavivado de nuevo mediante infusiones, preparados de ácido succínico, aceite o polvo, o té de ámbar con propósito curativo o de fortalecimiento . Por sus características, esta bebida es equivalente al famoso té chino. Hay muchos lugares en Lituania, a lo largo de la Ruta del Ámbar, que ofrecen museos y talleres dedicados a esta resina, pero tal vez el más interesante sea el Museo del Ámbar de Vilnius con interesantes muestras de este material y piezas en venta.
Pero, además de ámbar, en las muchas tiendas y puestos callejeros de cualquier de las ciudades de Lituania se pueden adquirir trabajos en plata y en vidrio, tallas de madera, especialmente las imágenes de santos, cruces y veletas. También, con suerte, antigüedades a buen precio. El lino y sus productos también son muy populares, se trata de una producción que se remonta a más de 4.000 años.

9. Comerse un Zeppelin. La patata es la base de la gastronomía lituana y con ella se crea su plato más típico, los “cepelinai”, una especie de masa hecha a base de patatas y trocitos de queso, carne o setas que suele venir acompañada de una salsa de cebolla, beicon y mantequilla. Su aspecto, no muy atractivo, recuerda, en efecto, el de los antiguos dirigibles aerostáticos. También es muy típico el sakotis, un pastel con forma de árbol de Navidad que se suele servir en las bodas. Durante el verano, los lituanos son aficionados a diferentes sopas frías, la más popular de las cuales es la sopa fría de remolacha, llamada saltibarscial. Se trata de una sopa fría de leche agria, remolacha, pepino y huevos duros, muy refrescante en un día caluroso. La miel de abeja es también muy común en Lituania y se utiliza en la producción de diversos alimentos y bebidas. Naturalmente cada región tiene sus platos típicos. En el noroeste de Lituania, en Samogitia, es impensable no tomar kastinis con patatas cocidas sin pelar y crema caliente fresca. La cocina regional de Dz?kija está basada en las patatas y platos de hongos que se encuentran en abundancia en los bosques locales. El orgullo de la gastronomía de Suvalkija se basa en la carne ahumada con un sabor fantástico. Mientras tanto, Auk?taitija sorprenderá a todos con las comidas con harina. En ningún lugar falta el pan de centeno, también milenario, que resulta muy sabroso si se toma junto con queso fresco recién hecho. Para saciar la sed, los lituanos suelen beber cerveza de centeno. Es una de las bebidas nacionales de Lituania y está hecha con pan seco, levadura, azúcar y agua. Utenos y Kalnapilis son las dos mejores cervezas locales de entre las 200 que existen, aunque el licor más típico es el llamado stakliskes, hecho a base de miel.

10. Y mucho, mucho más. Queda mucho por ver en Lituania. Hay que disfrutar de su inmensa naturaleza virgen con 3.000 lagos, 600 fincas agroturísticas, cinco parques nacionales y 30 regionales, 30.000 ríos y riachuelos y la tercera parte de su territorio boscoso. Todo ello permite cualquier tipo de actividad al aire libre. Se pueden realizar rutas en canoa por sus ríos, excursiones a caballo, pedalear por los bosques y la costa (el carril-bici de la costa tiene más de 100 kilómetros de longitud), jugar al golf y, por supuesto, al baloncesto, el deporte nacional. También aquí, a 25 km al norte de Vilnius, se encuentra el Centro Geográfico de Europa, según el Instituto Geográfico Nacional de Francia. Desde que se hizo pública esta noticia, el sitio atrae a miles de turistas. Está marcado por una pequeña escultura de granito pero existen planes de levantar una pirámide de metro y medio con los nombres de todas las capitales de Europa y su distancia de este punto geográfico.
Y no puede pasarse por alto, la visita a Rum?i?k?s, donde se encuentra el Museo Nacional Etnográfico, es el museo con el mayor número de exposiciones etnográficas de Europa bajo el cielo abierto. En él se puede observar el estilo de vida de los antiguos habitantes de esta tierra, muchos de los hogares aquí situados, recuerdan el trabajo diario de las personas, sus alegrías y sus celebraciones. Cuenta con un pueblo antiguamente inundado, que ha sido restaurado.

Cómo ir: Según el buscador de vuelos Jetcost (www.jetcost.es) la mejor opción para viajar a la capital de Lituania son los vuelos baratos de la compañía Wizz Air (www.wizzair.com) desde Barcelona con salidas los martes, jueves y sábados y precios desde 69 euros por trayecto. También hay vuelos desde Madrid con Ryanair (www.ryanair.com) los lunes, miércoles y viernes desde 65 euros trayecto).

Más información: En la completísima web del Departamento Estatal de Turismo de Lituania con todo tipo de información en español: www.lithuania.travel/es/ y también en inglés en: www.tourism.lt/en

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